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San Andrés y Providencia suenan a reggae y calipso, a olas
que visitan sus playas blancas o que se estrellan contra los arrecifes
de coral. Son casas de madera con ventanas y puertas abiertas, y
calles llenas de niños juguetones. Islas que evocan tiempos
de piratas, esclavos, misioneros y aventureros.
Algo de historia
El archipiélago de San Andrés y Providencia vivió
muchos siglos desocupado, era visitado solamente por los indígenas
miskitos de Centroamérica que iban a pescar tortugas en
las épocas de apareamiento. Los españoles fueron
los primeros en llegar –Colón las avistó en
su cuarto viaje– pero no tuvieron interés ya que
no había ningún oro que llevarse. A partir de 1629
comenzaron a llegar puritanos ingleses que encontraron en las
islas refugio para evitar la persecución religiosa que
sufrían en su país. Algunos se mezclaron con esclavas
y hoy podemos ver una raza de negros de ojos claros y pelo con
irisaciones rubias.
San Andrés
San Andrés se muestra diferente para cada persona. Depende
de lo que se quiera encontrar. El mar ofrece muchas posibilidades,
y para disfrutarlo la isla nos permite escoger entre diferentes
playas. En bahía Sardina hay 450 metros de extensión
en los que se suelen encontrar numerosos turistas tostándose
al sol. Es la playa desde donde se divisa Johnny Cay y los arrecifes
que custodian San Andrés del ímpetu del Caribe.
Allí se encuentran las lanchas de paseo, se juega raqueta,
se forman corrillos y se concentra la zona hotelera y comercial.
Johnny Cay es la isla de la rumba, rodeada de aguas que transparentan
increíbles colores.
De compras
Después de un día de playa, durante las últimas
horas de la tarde, la mayoría de los turistas tienen la
costumbre de darse una vuelta por las tiendas libres de impuestos.
Los almacenes ofrecen alfombras de Oriente, perfumes y champán
francés, ropa americana, europea y brasileña, electrodomésticos
japoneses y americanos, cristales y vajillas europeas, juguetes,
joyas, herramientas, artesanías y cualquier antojo que
se quiera satisfacer.
San Andrés no tiene áreas especializadas por productos
ni calidad. Los almacenes se entremezclan sin orden fijo, si bien
se concentran en un circuito corto que se recorre a pie.
Providencia
Cinco mil habitantes, casi todos de color, son la historia viva
que se desarrolló en esta pequeña isla, de la cual
se enamoraron ingleses, franceses, españoles, holandeses
y africanos. Todos dejaron su huella en la isla hoy llamada Providencia
y su vecina Santa Catalina.
Providencia fue la preferida del archipiélago por su posición
estratégica en la ruta de los galeones que se llevaban
el oro de América. Su topografía montañosa
que facilitaba la defensa, y su abundante agua dulce la enaltecían
más. Varios piratas ingleses, entre ellos Morgan, la fortificaron
y la utilizaron de base para sus ataques y como escondite de tesoros.
Hoy en día no sólo queda el recuerdo de esa historia,
sino una raza de hombres fuertes con una mezcla de rasgos y características
étnicas diversas, que en algunos casos se funden en una
piel oscura y unos ojos claros.
Como idioma permaneció el inglés, como religión
la protestante. De la guerra sólo quedan cañones
y fuertes, y de su vida agitada la tranquilidad.
Providencia es una isla auténtica. No hay coches y una
carretera circunvala la isla. Alquilo una moto y la recorro tranquilamente
parándome para hablar con la gente, contemplar los bellos
paisajes o simplemente sentarme a descansar, la prisa no existe.
En la isla perviven bosques autóctonos y aunque hay pocas
playas todas son espectaculares, especialmente Bahía Manzanillo.
Una tarde paso hacia Santa Catalina, unida a Providencia por un
puente flotante de sugestivo nombre, Lover’s Lane o Puente
de los Enamorados. No se puede dar la vuelta andando a todo el
islote y sólo hay un pequeño paseo marítimo
que, por su izquierda, te lleva a las ruinas de la fortificación
pirata que defendía la isla. El acceso a Providencia es
en barco que tarda 8 horas desde San Andrés o en pequeños
aviones de las líneas Satena o SAM-Helicol que tardan veinte
minutos. Su aeropuerto es el más pintoresco de Colombia.
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