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marca Havana Club le da la vuelta al mundo y se comercializa
en Cuba para los nacionales y el dispositivo turístico
que hoy recibe más de dos millones de vacacionistas
foráneos al año. |
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| Además
de Havana Club, otros rones de primer nivel, algunos de
marcas antiguas y reconocidas continúan la reconversión
de sus destilerías artesanales y bodegas de añejamiento,
conforme lo exige el comercio en nuestros días. |
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| En los
finales del siglo XIX, en una mina de hierro no lejos
de Santiago de Cuba, se lograba el primer daiquirí,
con ron blanco, limón, un poco de azúcar
y hielo en pedazos. |
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Nadie escribió, ni siquiera
en crónicas primitivas, sobre aquella agua incolora y ardiente
que hacía huir las penas y enloquecía a los conquistadores
hispanos y a los indios esclavizados y encomendados, en los trapiches
iniciales que hacían azúcar de color oscuro en el
siglo XVI, a partir de la flaca descendencia de la caña de
azúcar que trajo Cristóbal Colón al Nuevo Mundo.
Entonces, como ahora, en las burdas barricas de cerámica
que guardaban estos primeros aguardientes peleones, los esclavos
africanos llegados luego vertían para los dioses un primer
chorrillo que se decía daba suerte. Hoy todavía en
Cuba, cinco siglos después, se mantiene la criolla y simpática
costumbre de dedicar a las deidades afrocatólicas el primer
trago de cualquier ron de marca o del mejor y más caro gran
añejo, por esto de "por si acaso", contenido en
una bella botella de vidrio generalmente color ámbar.
Al principio era el aguardiente cañero, el cual hizo las
veces de primer sustituto del vino que venía en toneles y
que llegaba en galeones desde España, aquel al que los calores
del trópico y el bamboleo del Atlántico picaban o
transformaba a veces en vinagre. Se trataba de un brebaje tosco
y grueso que raspaba la garganta y que invadió las primeras
dotaciones de los ingenios azucareros y las tabernas de los caminos,
y los puertos, y hasta las residencias de los encumbrados amos blancos.
Hoy hasta el aguardientazo, cuyo chorrito muchos derraman para los
dioses, puede hacerse y se hace con un brillante aguardiente marca
Santero, de excelente calidad y que se vende en el exterior como
producto e imagen de Cuba. La marca suele ser utilizada para mezclar
cócteles con nombres de santos afro como Changó, Babalú
Ayé, Yemayá u otros. En los tiempos actuales, se sigue
utilizando el aguardiente natural, como el Santero, y también
el agua de coco, el limón y el azúcar, pero con hielo
en pedacitos, en ese gustado saoco que se preparaba a escondidas
en la dura colonia.
No tiene discusión que el auge del aguardiente cañero
primitivo, de tiempos de la colonia española, llámese
tafia o drake, estuviera ligado ya con la hierbabuena; la grata
aparición del ron pues, está vinculada a la esclavitud
africana de Cuba y el Caribe, y a la práctica de la santería,
por cuanto fue la vida de hombres y mujeres de piel negra el principal
alimento de sus hornos durante casi cuatro siglos. La mentalidad
del colono hispano, llegado a Cuba con las ínfulas bélicas
de la reconquista en la Península, ciertamente los alejó
del azadón y del machete para tumbar la caña, y por
eso le vino de perilla la trata de esclavos para cultivar la caña
y hacer azúcar, alcoholes, aguardiente y ron.
Cuéntase que los menjunjes de fuego que arañaban la
boca y la garganta, verdaderos cócteles atávicos,
llevaban su toque de azúcar y su ramita de yerbabuena para
la salud del cuerpo y del alma, aun cuando no había desembarcado
todavía el hielo, en los finales del siglo XVIII y siguiente.
El aguardiente hacía olvidar, emborrachaba y podía
hacer enloquecer, pero no hacía libres a las familias negras.
Mas no nos anticipemos. Todavía una centuria atrás
no había surgido el ron de Cuba como hoy le conocemos, y
ni siquiera en los albores de la gran expansión azucarera
de principios del XIX, se hacía notar en demasía.
Prueba de que lo que se bebía era todavía aguardiente
y de que existía de esa bebida una gran demanda en la Isla
y en el Caribe, es el hecho de que cuando Gelabert siembra los primeros
cafetos en Wajay, cerca de La Habana, en el último tercio
del siglo XVIII, no está pensando en el grano para hacer
la infusión caliente, amarga y negra que hoy nos deleita.
Lo plantó para fabricar aguardiente, pues todavía
en el 1800 no se tomaba café caliente en las tertulias, sino
chocolate y, algunos, aguardiente puro. Tal vez con los alambiques
más modernos se lograra ya eliminarle ese tufillo a mosto
y el fuerte sabor a miel cruda y sin fermentar que traía.
Tal vez fuera ya una bebida de salón.
Sin embargo, el desarrollo del azúcar era ya indetenible.
Entraron más esclavos negros para la plantación cañero-azucarera,
se introduce el vapor para los molinos de la caña de azúcar
y se cambia para una tecnología de más rendimiento.
Así aumenta explosivamente el número de fábricas,
que ya no deben ser llamadas ingenios o cachimbos, sino centrales
azucareros con todas las de la ley, y se instala el ferrocarril
para el tiro de la caña y del azúcar en cajas para
la exportación. La liberalidad de la época acepta
algún capital norteamericano y coinciden el iluminismo afrancesado
y el hielo traído de afuera.
Los emprendedores yankees que quisieron recolonizar la provincia
de Matanzas en medio de la colonia española, también
arriban a Cuba, y hubo entre ellos alguno que intentó dividirla
en lotes rectangulares de 40 caballerías de caña con
su correspondiente central azucarero, tipificado empeño que
se pudo comenzar en los primeros años del siglo XIX, por
donde hoy está el país de los agrios, al sur de Matanzas.
En los montes libres de Cuba, donde mandaba el Ejército Libertador,
solía llevarse a bordo la famosa canchánchara que
calmaba la sed y daba descanso después de una incidencia
de la guerra: aquello era un cóctel de combate, hecho con
aguardiente, un poco de limón y miel de abejas para beber
al tiempo. Ya en los finales del siglo XIX, en una mina de hierro
no lejos de Santiago de Cuba, se lograba el primer daiquirí
con ron blanco, limón, un poco de azúcar y hielo en
pedazos.
Trabajosamente se emplaza el fin de la esclavitud negra y entonces
aparece el paripé de los chinos asalariados; entran las compañías
americanas que compran tierras baratas aprovechando la devastación
de las guerras de independencia y la intervención militar
de EE.UU. en 1898. Fomentan el banano de exportación, los
minerales, los ferrocarriles y otra vez la caña de azúcar.
Vastas zonas de bosques vírgenes se desbrozan para ser sembradas
y entran al país los empobrecidos braceros antillanos y los
vistosos turistas de atuendos multicolores, que hasta arribaban
por La Habana en el hidroavión que amarizaba en la ensenada
de Atarés. Fueron estos últimos los causantes del
alza en la demanda de los cócteles con hielo y ron, aunque
en un principio se importaron multitud de coctails finos desde Nueva
York y Europa.
Se expanden los bares de lujo, se deja atrás al aguardiente
peleón y aparecen las primeras variedades de ron añejo
fino, que se imponen al tiro directo del cognac y el scotch. El
crecido mercado de Cuba, con sus eventuales exportaciones, pudo
mantener en la sánsara al ron nuevo, entonces emergente.
En Santiago de Cuba, en 1862, el catalán Bacardí había
comprado las bodegas roneras del inglés John Nunes y los
aguardientes nacionales acabaron por barrer los envíos de
los de uva y se entronizaron en los nichos de mercado de menor poder
adquisitivo; hasta México empezó a recibir ron de
caña desde Cuba. La industria ronera nacional rebasa su fase
preindustrial y se empieza a envasar en botellas que se producen
en serie. En Cárdenas se afinca el alambique moderno del
vasco Arrechabala y en Santa Cruz del Norte, en 1919, se inaugura
una nueva destilería de alcoholes para un ron mejor que entra
a jugar en el mercado de Cuba y en el fabuloso, aunque arriesgado
mercado de la Ley Seca, embarcando grandes botijas de contrabando
por varios sitios de la costa norte de La Habana, con la anuencia
oficial de los jefes navales costeros y apoyo de la mafia italiana.
Limitado por las crisis y las guerras, la expansión ronera
medía con lentitud el crecimiento de la demanda. El mercado
nacional se restringió de nuevo al aguardiente peleón
y al ron diverso y barato que algunas fábricas pequeñas
y medianas pudieron producir. Se sabía que Cuba podría
lograr bebidas de gran calidad, pero esto no pasó de un sueño
que apenas llegaba al trago exótico de los bares más
conspicuos habilitados para el americano con plata. Todo, hasta
que llegó la Revolución, que se logró sin saoco
ni yerbabuena con ron.
Es cuando se hace posible la necesaria estrategia contemporánea
de la producción ronera cubana, por primera vez en su historia
de casi cinco siglos, en interés de su competitividad nacional
e internacional y sobre la base de su calidad intrínseca,
para su más rápida expansión. La definición
se puso en juego, en grande, con la marca Havana Club, que hoy le
da la vuelta al mundo. Otras marcas, excelentes, se mantuvieron
por años y algunas han subsistido, pero ahora los destilados
nacionales han adquirido coherencia, ordenamiento y se han ido creando
órganos independientes de verificación científica
de la calidad. En los tiempos actuales no es posible avanzar de
otra manera en los mercados del mundo, y así hoy también
y con parámetros equiparables se comienzan las ventas externas
del supremo aguardiente Santero y el ron Mulata, de la entidad Tecnoazúcar.
Los rones añejo blanco de 3 años y los añejos
de 5 y 7 años, además, Reserva, de Havana Club, logrados
en las destilerías de Santa Cruz del Norte y Jorge Washington,
en las provincias de La Habana y Villa Clara, se comercializan dentro
de Cuba, principalmente en el dispositivo turístico, que
hoy recibe unos dos millones de vacacionistas foráneos al
año, y en la red comercial que funciona en moneda libremente
convertible.
Otros rones de primer nivel, algunos de marcas antiguas y reconocidas,
continúan la reconversión de sus destilerías
artesanales y bodegas de añejamiento, y muy en especial de
sus sistemas de embotellado, conforme lo exige el comercio en nuestros
días. Ahí está el conocido y gustado Paticruzado
(Los Marinos), Bucanero y otros aún de reciente salida de
sus fábricas, casi siempre cercanas a centrales azucareros
e industrias alcoholeras. El sector azucarero nacional, que en los
últimos años ha llevado a cabo un proceso de reestructuración
y redimensionamiento de sus capacidades, ha definido líneas
de desarrollo en los derivados de la caña de azúcar,
una de ellas relacionada con la mismísima destilaciòn
de alcoholes, aguardientes y rones cada vez con mayores niveles
de calidad, como su principal credencial.
El crecimiento turístico de Cuba en el último decenio
ha hecho crecer la infraestructura hotelera. Se ha potenciado así
el consumo del ron superior en el país, en todas sus variantes
y particularmente en los cócteles criollos y universales
más solicitados, lo que también multiplica la demanda.
Recuerdo todavía a Gene Hackman hace pocos años en
el filme norteamericano The Firm, cuando para pescar a la belleza
que había invitado a Gran Caimán, le ponderaba a esa
dama los valores del Añejo Reserva de Havana Club, comparándolo
con un gran brandy europeo o un scotch. La costumbre del "poco
de ron para los santos", surgida de la más remota antigüedad
negra de Cuba, con o sin significado religioso, hoy se practica
por simpatía en muchos lugares, por bebedores noveles y veteranos,
conforme el antiguo ritual de los cortadores esclavos.
Actualmente, los rones de la Isla no tienen que emplear el ramito
de yerbabuena para hallar el camino de Elegguá, porque cuentan
con su extraordinaria calidad intrínseca.
Havana Club en el mundo... ¡y en Cuba!
La marca de rones cubanos más vendida en el mundo es Havana
Club. La cifra del último año es contundente: dos
millones de cajas, de a 9 litros, y ya en la posición número
50 en el orbe, entre los rones añejos más vendidos
del planeta, según la revista especializada IMPACT. Y ello
apenas en una década de constituida la empresa mixta cubano-francesa
Havana Club International, integrada por las firmas Cuba Ron y Pernod
Ricard, a principios de 1990, para la distribución mundial
de la exquisita bebida. La suprema calidad de estos rones devino
desde entonces para la marca, un notable 17 % de crecimiento como
promedio anual, en esos primeros diez años de presencia en
los mercados del orbe... y en la propia Cuba, donde sus niveles
de venta la señalan como líder absoluto. Hoy sus añejos
blancos y sus selectos rones más viejos pueden encontrarse
en más de 100 países y cada día en más
y más lugares, a excepción de los EE.UU., a donde
el bloqueo de su Gobierno le niega el acceso comercial. En estos
momentos hasta un novedoso cóctel refrescante de ron blanco
Havana Club con frutas tropicales, quiebra relampagueante los estimados
de demanda e impone records de ventas, en los primeros sitios de
Europa y Cuba a donde llega la nueva marca Havana Loco, ahora en
rápida expansión.
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