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| Dominicana
es un lugar al que siempre se vuelve. Es la búsqueda,
el reencuentro con lo primitivo, con lo inexplicable...
Para conocerla hay que tener listos los cinco sentidos.
En la página, varias imágenes del esplendoroso
paisaje natural de playas y exuberante vegetación. |
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| Santo
Domingo atesora valiosas reliquias de su pasado colonial,
donde predominan las fortalezas, los palacios, las estatuas
y los parques que hablan de su legendaria historia. |
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Los viajeros del siglo XXI llegamos a
esta ciudad primada y encontramos la historia desbordando los instintos.
La canela resguardándolo todo y el anís, el orégano
y los clavos de olor tras las puertas, creando ese erotismo que hace
de Dominicana un lugar de misterio placentero. Esta es una ciudad
sin deslumbramientos. Los apegos y preferencias vienen cuando se traspasan
los secretos de la gente, los olores, las sazones, cuando comes chivo
en la carretera o puerco ahumado, con su punto de sal y limón.
El problema de salir y volver a Dominicana es la búsqueda,
el reencuentro con lo primitivo, con lo inexplicable, con lo que no
se ve y se siente. Este es un lugar al que siempre se vuelve. Para
conocerla hay que tener listos los cinco sentidos. Sus habitantes
hablan rapidísimo y tragan las palabras, pero si sigues el
acento llegas a saber si te hablan con el cerebro o con el corazón.
Nada apura a un dominicano, "más pa' lante vive gente".
dicen, llamando a la calma porque, según comenta el viejo Ismael
Peña, "todo se resuelve".
Los dominicanos creen en Dios y van a misa, pero la influencia Vudú,
temida y descategorizada, está presente en todo. En la magia
de las flores, en el uso de los colores, cuando evocan a "papá
dios", expresión nacida del barracón africano.
Gustan de la música y el dinero. Derrochan amor.
Virtudes Morillo, una amiga pedagoga mostrándome los paisajes
de orquídeas y amapolas me dijo: "Dominicana es el cielo",
dando la imagen que sintetizaba lo bello y lo desconocido. ORÍGENES
Cuando los españoles llegaron, los indios lucayos, ciguayos
y taínos poblaban estos parajes. La Cigua, ave nacional,
volaba mucho más alto, hasta llegar a la copa de la palma
real. Estos hombres hermosos -según describen documentos
históricos- vivían en sana comunidad pescando y recolectando,
aunque conocían las armas de defensa, pues los Caribes usaban
la fuerza y avanzaban hacia nuevos territorios.
Aquí los helechos eran gigantescos, y de enero a febrero
florecían las amapolas cubriendo un paisaje que limitaba
con lo divino. Las orquídeas y los girasoles cubrían
los caminos por donde se abrían paso los fluviales, centenares
de ríos que integran la geografía dominicana. El más
largo es el Artibonito, de torrente muy fuerte, con 321 kilómetros
de largo, que traspasa Dominicana, entra en Haiti y muere en el
Mar Caribe.
Muy querido y además centro de la vida de muchas comunidades
es el Yaque del Norte, que se desbordó con las lluvias de
noviembre del 2003, pero cuando el "agua cogió su nivel",la
gente reconstruyó en sus laderas las nuevas casas.
El Yuma tiene 209 kilómetros, el Yaque del sur corre en 183
kilómetros de distancia y el Ozama cubre 148. Otros ríos
de importancia son el Camú, el Nizao y el Mao, todos con
sus nombres aborígenes. Los ríos son portadores de
la humedad en una geografía sumamente caliente de marzo a
octubre, con picos sofocantes en junio, julio y agosto, como en
todo el Caribe. Constituyen una tipicidad de esta Isla los niveles
de temperatura que se registran en Constanza y Jarabacoa, donde
siempre hay frío, a decir de sus habitantes.
HISTORIA
"Quisqueya" era el nombre aborigen de esta Isla: "Madre
de todas las tierras", luego Cristóbal Colón,
al llegar en 1492, la nombró "La Hispañola"
y el 4 de agosto de 1494 Bartolomé Colón llamó
La Isabela a la primera ciudad que se construyó en Puerto
Plata, pero los aborígenes la destruyeron. Con los restos
de madera de una de sus naves, Cristóbal Colón construyó
un fuerte, iniciando así la colonización europea de
América.
Años más tarde se empezó la construcción
de la ciudad de Santo Domingo, donde se estableció un virreinato.
En 1697 una parte del territorio fue conquistada por los franceses,
mientras que el este continuó bajo el poder de los españoles.
En 1821 el tesorero colonial, José Núñez de
Cacéres, proclamó la independencia de Santo Domingo.
Esta independencia duró muy poco tiempo, ya que en 1822 los
haitianos invadieron y ocuparon la colonia durante 22 años,
hasta que el 27 de febrero de 1844, fue proclamada la independencia.
Convulsos procesos políticos ha sufrido esta nación
caribeña, incluidas intervenciones militares de los Estados
Unidos.
LA VIDA Y LA GENTE
La cocina dominicana combina la influencia española con los
productos locales. Arroz, habichuelas rojas, carne de cualquier
tipo, ensalada y pan son los platos del día de cualquier
familia dominicana; prefieren el almuerzo como alimentación
básica. En la noche cerveza y alguna picada ligera. El pescado
y los mariscos son muy frescos y de excelente calidad. Los platos
más populares son casava (yuca frita), el sancocho dominicano
y el mofongo (plátano machucado con chicharrones). Consumen
café y cerveza de producción nacional, aunque expenden
las principales marcas internacionales.
La Noche
Ahí es donde empiezan los misterios. Su cielo es muy despejado
y reinan las constelaciones. En las calles se ven pocas personas
en los sitios residenciales, pero la ciudad vive. La iniciativa
privada copa al malecón donde el mar golpea, zumba y atrapa.
El Malecón de Santo Domingo es un lugar de placer. El turista
llega buscando un merengue y termina oyendo bachata, un canto amargo,
profundo, de acordes fusionados, pero auténticos.
Un lugar sorprendente es La Guacara Taína, más al
sur; en el trayecto del malecón un cartel rústico
identifica la entrada a una cueva profunda donde se baila y se bebe
en un ambiente muy especial.
Pero no es necesario visitar un lugar específico para que
todo adquiera un colorido y sabor especial, muy caribeño,
al ritmo del merengue que generalmente acompaña el deambular
de la gente. Es tradición entre los dominicanos bailar, en
las calles pintadas de colores tropicales, al compás de esta
música tan peculiar que desencadena la característica
pasión de los habitantes de esta región caribeña.
Ya en 1795, el Padre Labat, un francés que desembarcó
en la isla escribía: "El baile es en Santo Domingo la
pasión favorita y no creo que haya en el mundo pueblo más
apegado a la danza". Por tanto, Santo Domingo vive la huella
española no sólo en su arquitectura; también
en su música, su cocina, sus costumbres...
Mientras se pasea por la Plaza de la Catedral y por la calle El
Conde, los más pintorescos vendedores, guías turísticos,
traductores, dominicanos que no necesitan mucho tiempo para entablar
conversación, lo abordan y deslumbran a la vez. El Conde
es una de las principales calles comerciales de la capital. Merece
especial mención por su colorido, su tráfico de gente,
sus puestos ambulantes, sus limpiabotas, sus cafés.... Pero
el bullicio de los mercados callejeros tiene su máxima expresión
en el Mercado Modelo. Aquí se exhiben con orgullo elixires
de amor, bebedizos contra los malos espíritus, todo tipo
de artilugios de santería, café, ron, tabaco, artesanía
en madera, ámbar... esto es, la esencia del Caribe en un
solo sitio. Después de un recorrido, especialmente por la
ciudad colonial, estará cargado de nuevas esencias, de la
satisfacción que acompaña a un nuevo descubrimiento
y, a la vez, de la añoranza por un pronto regreso.
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