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parcial de la biblioteca, donde se atesoran más
de 9000 volúmenes que pertenecieron al escritor |
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No es nada extraño que
una casa con sus diferentes estancias, mobiliario, objetos que la
componen y su disposición en el conjunto, contribuyan a dar,
en buena medida, una imagen de los seres que la habitan. Es el caso
de Finca Vigía, en el poblado de San Francisco de Paula, a
solo dos leguas de La Habana. Hoy, esa encantadora villa campestre,
que fuese su hogar durante 21 años, se erige como muestra de
que ni siquiera la muerte puede vencer a quien ha sido tocado por
la inmortalidad. Los visitantes que se acercan a ella, no pueden escapar
a esa poderosa presencia inmanente en cada objeto en particular y
en el conjunto de sus pertenencias, las que tienden a proyectar, eternizándola,
la viva imagen de su propietario.
El Hemingway
de Finca Vigía
Ernest Hemingway hizo su primer viaje a Cuba en 1932, para participar
en la pesca del pez espada; a partir de ese momento, sus incursiones
a la isla fueron más frecuentes, hasta establecerse por algún
tiempo, después de su regreso de la Guerra Civil Española,
en el hotel Ambos Mundos; la habitación que ocupara por ese
entonces, la del quinto piso de la esquina nordeste, hoy se mantiene
intacta, así como la huella que dejara en El Floridita, bar
que frecuentaba para departir con amigos y beber el famoso daiquiri
"a lo Hemingway".
El escritor compró Finca Vigía en el año 1939
y se trasladó a ella con su nueva esposa Marta Gellhorn.
Esa fue su residencia a partir de entonces; pudiera decirse que
la más estable hasta el año 1960, en que la abandona
ya sintiéndose enfermo. Allí tenía sus 9,000
libros, además de 4 perros y 57 gatos, y allí pasó
casi la mitad de sus años útiles como escritor. Precisamente,
en ese apartado refugio campestre surgieron sus mayores obras: Por
quien doblan las campanas, A través del río y entre
los árboles, El Viejo y el Mar, París era una fiesta
e Islas en el golfo. En todas, la presencia de Cuba está
en el mar, sus paisajes, personajes…
Finca Vigía era un lugar encantador para vivir, de modo que
el escritor pasaba en ella horas escribiendo, o se sentaba a leer
por las tardes en su poltrona preferida; recibía amigos,
y era dueño de una cría especial de gallos de pelea.
En 1943, después de un viaje a Europa, Hemingway trajo a
vivir a la finca a la que sería su cuarta esposa, Mary Welsh,
pues Marta lo había abandonado poco tiempo después
que el matrimonio se hubiese mudado a la finca. Con Mary, "Finca
Vigía va a convertirse en el refugio del escritor, una magnífica
posesión en la cima de la colina, con una vista lejana sobre
la corriente del Golfo".
Como bien señala García Márquez en su prólogo
al libro de Norberto Fuentes "Hemingway en Cuba", quizás
pueda hablarse de dos Hemingway diferentes: el mundano y aventurero,
el amante de los toros, el boxeador, el cazador, y el Hemingway
solitario de Finca Vigía, una casa rodeada de árboles
enormes, en cuyos aposentos fueron acumulándose los trofeos
que el aventurero llevaba como recuerdo de sus proezas; el "Papa",
como acostumbraban a decirle sus amigos de Cuba, aquel que generalmente
anduviera por la casa en short o bermuda, muchas veces sin camisa;
en ocasiones con una pistola calibre 22 al cinto y un vaso de bebida
en la mano; o bien, el que se veía vagar taciturno por los
alrededores o participar con entusiasmo en una pelea de gallos;
muchas veces solo era el sencillo pescador que se lanzaba al mar
en su barco Pilar, en compañía de un mítico
personaje, Gregorio Fuentes, patrón de la embarcación
y compañero suyo en múltiples incursiones de pesca,
durante más de 20 años.
Museo Hemingway
La casa se ha conservado como museo, prácticamente igual
a como la dejara el escritor al abandonarla: así la sala,
con su mobiliario original; el revistero, su poltrona preferida
y la alfombra de fibra que cubre el piso, sobre la que muchas veces
apoyara la culata de su Maunlicher Schoenauer 256 para mostrar a
sus amigos "medio en broma medio en serio" la forma en
que se suicidaría. Las piezas de caza, especies de trofeos
de sus safaris al África, se conservan en las paredes de
las diferentes estancias, como muestras de temas y motivos que aparecen
reiteradamente en sus obras: la lucha entre la vida y la muerte,
el triunfo de la victoria sobre la derrota, entre otros; así
el impala y el beisa orix; o el gran kudú del comedor; el
león y el leopardo que impresionan en la que fuera su biblioteca,
o el búfalo de su habitación personal y también
cuarto de trabajo. Asimismo los muebles del comedor se conservan,
incluyendo la mesa (dispuesta como en muchas ocasiones en vida del
escritor) que compartiera lo mismo con amigos del entorno, en general
gente humilde, que con ilustres figuras del cine y la literatura;
el resto del mobiliario se halla como en vida de Hemingway, incluyendo
la mesa donde descansan piedras talladas por aborígenes cubanos
y una copa que le fue entregada en 1956 por el Instituto Cubano
de Turismo. Asimismo se conserva un antílope prong-horn cazado
por él en las montañas de Idazo.
La biblioteca, originalmente una habitación para invitados,
mantiene su mobiliario construido con majagua, una de las maderas
preciosas cubanas; también el puf redondo del centro, comprado
por el matrimonio en el Cairo y sobre uno de los libreros, una fotografía
del Pilar, barómetros, corales secos… entre otras valiosas
piezas.
La habitación personal de Hemingway, que fuera también
cuarto de trabajo, es una especie de museo personal por los objetos
que atesora: los libros, el buró de trabajo donde almacenó
gran número de objetos (fotos, dibujos, mapas, insignias
capturadas a las tropas alemanas en Francia, la llave de la ciudad
de Matanzas, entregada al escritor en 1957, tallas compradas en
África…); sus grandes zapatos mocasines de suelas gastadas,
los espejuelos de armadura metálica, la colección
de dagas nazis, escopetas y cañas de pescar…. También
se halla la cama encima de la cual acostumbraba a acumular su correspondencia
y, en el lugar de siempre, su máquina de escribir, frente
a la cual pasaba largas horas de pie, para dejar esas grandes obras
que trascendieron las fronteras del tiempo y el espacio. Todo lo
anterior y otros muchos objetos exóticos, constituyen una
valiosa atracción para los turistas que llegan a Finca Vigía
con el fin de reencontrar o descubrir facetas ocultas del escritor
de "Adiós a las Armas" y "El Viejo y el Mar"entre
otros muchos relatos y novelas.
Por su parte la torre, construida en 1947, guarda aún muchos
de los secretos que la hicieran trascender. Hoy, el primer piso
(antes gatera o cuarto de los gatos) constituye un espacio para
exposiciones transitorias de obras de afamados artistas de la plástica
cubana; la segunda planta era el salón dedicado a la temática
de la caza; ahora también a la de pesca, con fotos entre
las que se halla Hemingway participando en el torneo internacional
de la pesca en 1960, evento que se ha instituido en Cuba desde entonces
con el nombre de "Torneo Internacional de la Pesca de la Aguja
Ernest Hemingway", como también ha ocurrido con el coloquio
internacional que se celebra cada dos años y que lleva su
nombre. En el tercer piso se mantienen en exposición objetos
preciados por el escritor, entre ellos el charlón, la mesa
de escribir y las pinturas, en especial aquella en la que aparece
el escritor en su segundo safari a África.
La ceiba, los jardines, la nave Pilar…
Pero la presencia de Hemingway no solo está en la casa, está
en la ceiba que preside la entrada, réplica de la que existiera
en vida de él y cuyas raíces se negaba a podar hasta
poner en peligro la construcción.
Lugar importante en los jardines de Finca Vigía ocupa la
nave Pilar, también magnífica réplica de la
embarcación original de Hemingway y pieza capital del Museo;
la nave le fue donada a la institución por Gregorio Fuentes
tras la muerte de su patrón. El deterioro había hecho
su obra y, después de ser sometida a varias reparaciones,
alcanzó su culminación en el magnífico yate
que se encuentra en exposición.
Todo tipo de hortalizas, variedad de flores y plantas, entre ellas
18 variedades de mangos, adornaban los jardines de la finca; muchas
de esas especies también se conservan aún. Una zona
oculta que guarda interés especial es "el cementerio
de los gatos". Se encuentra bajo la puerta del comedor. El
de los perros parece haber estado próximo a la piscina, porque
el escritor había colocado cuatro lápidas -que han
sido restauradas- en el lugar, con los nombres de los perros Blackie,
Negrita, Machakos y Black Dog.
Muchos otros rincones, estancias, objetos de Finca Vigía,
hoy convertida en Museo Hemingway, atesoran valiosa información
no tan solo acerca de la personalidad, gustos e intereses del escritor,
sino también sobre la que fuera su vida en la isla. En este
trabajo solo hemos pretendido acercarnos a su residencia preferida,
Finca Vigía, y ya en ella, a uno de los personajes más
controvertidos y geniales de las letras universales, el también
considerado "Dios de Bronce de la Literatura Norteamericana"
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