El
Nuevo Mundo ha sido, desde la época prehistórica, un
centro de convergencia de razas y pueblos, (...). Es en verdad curioso
que el período histórico de la evolución americana
no sea sino una repetición de los sucesos étnicos que
condicionaron su poblamiento. Desde que fuera descubierta, América
ha seguido siendo un foco de atracción para los pueblos y razas
más diversos, igual que lo fue durante su larga formación
precolombina. Así como estos pueblos y estas razas han constituido,
desde el siglo XVI, al mezclarse, una civilización nueva, con
sus características bien diferenciadas y su originalidad propia,
tanto en sus obras inspiradas por la cultura del Viejo Mundo, como
en sus creaciones independientes, así el indio americano, al
mismo tiempo que recogía la herencia de los pueblos y de las
razas que contribuyeron a su formación, supo desarrollar una
civilización propia sobre este fondo común, enriqueciéndolo
con una serie de invenciones y creaciones del Viejo Continente.
Paul Rivet, El origen del hombre americano, México, 1963.
Ilustración tomada de Nuestros primeros padres, Manuel Galich,
Fondo Editorial Casa de las Américas, 2004. |