La Habana, 20 de Noviembre del 2008   
LINDBERGH EN LA HABANA
José Mayoz
La aeronáutica celebró el centenario del nacimiento de Charles Lindbergh en el año 2002 y del nacimiento de la aviación en el año 2003. Estas son razones suficientes para que Soy del Caribe traiga a sus páginas el recuerdo de un hecho, acaecido hace algo más de 75 años en los cielos que usted surcará durante su viaje por el Caribe.
Un niño nacía en Saint Louis, Missouri, mientras los hermanos Wright intentaban hacer volar un objeto más pesado que el aire. Un año después, Wilbur Wright lo logró: recorrió 160 metros, a 5 metros de altura, en 59 segundos. ¡Habían nacido Lindbergh y la aviación!

El niño de Saint Louis creció dentro de una espiral de hazañas aéreas, se hizo piloto y fue el primero en sobrevolar el Atlántico en 1927. Un año más tarde, el Águila Solitaria constituyó noticia de primera plana en Cuba, adonde viajó coincidiendo con la celebración aquí de la VI Conferencia Panamericana de Jefes de Estado. Lindbergh, como pionero que abría rutas para la aviación comercial, inexistentes en aquella época, realizó un periplo por las capitales de los países del continente con costas en el Caribe y el regreso a EE.UU. lo hizo saltando sobre las islas de las Antillas, Menores y Mayores.

Para llegar a su última escala, La Habana, Lindbergh partió desde un campo de aviación de Puerto Príncipe, Haití, a las 06:35 horas del día 9 de febrero de 1928. Hizo su entrada en los cielos de Cuba por un punto cercano a la Base Naval que Estados Unidos aún ocupa ilegalmente en Guantánamo y sobrevoló toda la Isla guiándose por la vía del ferrocarril central.

El recibimiento del intrépido coronel con cara de niño se realizó en el campo de aviación del Campamento de Columbia. Numerosas personalidades, incluidas todas las delegaciones asistentes a la Conferencia Panamericana, estaban presentes. El aterrizaje estaba previsto para las 4 de la tarde. Unos minutos antes de esa hora, un punto negro apareció en el cielo. Lindbergh hizo dos “pases” a modo de saludo y regresó hacia el centro de La Habana, donde, sobre el Parque Central, describió dos círculos, saludando a un pueblo arremolinado que miraba hacia el cielo y señalaba con el dedo al objeto que había llamado su atención.

El aparato, matrícula NX 211, tomó tierra en Columbia y detuvo su motor frente a la glorieta, construida a toda carrera para el acontecimiento. La multitud, al ver que el piloto no salía del monomotor, vivió momentos de angustia. Pero sin motivos: Lindbergh tenía por costumbre asearse y cambiarse en el interior de la cabina, cerrada y sin parabrisas.

El piloto fue recibido por el presidente Gerardo Machado y agasajado en la Terraza Norte del Palacio. En los días subsiguientes fue condecorado por el Presidente en el Teatro Nacional, el Alcalde de La Habana le entregó las Llaves de la Ciudad en el Parque Central, la Embajada Americana ofreció una recepción en su honor, hubo un desfile de miembros de la colonia norteamericana y la alta sociedad habanera lo hizo objeto de fiestas nocturnas.

En esas ocasiones se puso de manifiesto la austeridad y frugalidad del piloto, que solo se mojaba los labios con la champaña de su copa, como cortesía, durante los numerosos brindis en su honor. Y cada noche, pese a que las fiestas duraban hasta el amanecer, se retiraba a dormir temprano.

Como parte de los festejos, Lindbergh paseó en avión al General Machado. Era un trimotor que transportaba a diario la correspondencia entre La Habana y Cayo Hueso. Tenía capacidad para 12 personas y pertenecía a la Pan American Airways, que en esa época abría nuevas rutas.

Eran días felices para Lindbergh, aún no se había abatido sobre él la tragedia del secuestro de su pequeño bebé. Así, la víspera del día de San Valentín, un Lindbergh feliz partió de regreso hacia su querido Saint Louis volando, hace ya 75 años, por los mismos cielos que usted surca ahora, durante su viaje por el Caribe.

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